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La procesión nocturna es una tradición cultivada desde la fundación de Puéllaro, parroquia rural de Quito, en 1861.
15 de abril, 2022 - 06h00
La tarde del Martes Santo se adentra en Puéllaro y decenas de vecinos cruzan el parque central para entrar a la iglesia. Ahí están las doce andas que se usan en la procesión planificada para esa misma noche. Es una tradición cultivada desde la fundación de esta parroquia rural de Quito, en 1861.
Hugo Rodríguez, un puellareño de 66 años, con sus manos y su rostro curtidos por el sol, carga al Señor de la Agonía desde el interior de la iglesia hasta una anda ataviada con una cruz de madera y cañas de carrizo verde, apostada frente al parque. La última anda se termina de arreglar cuando la noche se apodera del pueblo.
Como cientos de luciérnagas, las velas encendidas que adornan las andas, tiritan movidas por el viento que, además, arrastra las hojas muertas de los árboles de chirimoya, molle, cholán, jacarandá y buganvillas.
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Faltan quince minutos para las 21:00 y la misa ha terminado. Entonces, llega el momento más esperado de la noche, la procesión. Los hombres levantan las pesadas andas y empiezan a caminar. La que lleva al Señor de la Agonía pesa lo que unos 13 adultos medianos juntos, unas 2.000 mil libras. Es la más grande. Diez hombres coordinan bien los movimientos para levantarla. Caminan unos diez metros y descansan, hasta completar las diez cuadras que comprende la romería.
Una cuadra más adelante, antes de empezar la calle Manuel Silva, que es la más empinada, el padre Javier Garcés, bendice con agua bendita a cada una de las andas y a los que cargan, que se los llama esclavos.
En algunas andas participan mujeres, como Patricia Guerra, de 49 años, que durante diez años ha ayudado a su cuñada en esta tarea. “No soy la esclava, pero con fe y toda la devoción le ayudo a mi cuñada”, dice. Los esclavos son quienes, por herencia, se encargan de arreglar y cargar las andas con las imágenes durante la procesión.
Patricia está segura de que ha recibido los milagros del Señor de la Agonía. “Una vez llovía demasiado, era Martes Santo, y se murieron muchas gallinas, le pedí que me ayude y dejó de llover”, cuenta.
La familia Méndez movida por la fe participa de esta tradición: Manuel, de 77 años, ha participado como esclavo desde hace 40 años, su hermano Rogelio, de 53, lleva 20, y su hijo Juan Carlos, de 24, empezó como esclavo este año.
Puéllaro se asienta en una hondonada, rodeada por un arco de montañas: Es una de las poblaciones atravesada por la “Ruta escondida”, denominada así porque por ahí se transportaba el trago de contrabando liderado por los arrieros.
Su población, que bordea los 7.000 habitantes según las últimas estimaciones del gobierno, se dedica a la agricultura, crianza de aves y venta de huevos de gallina. Su producción alcanza los 480.000 huevos diarios, según Carmen Buitrón, gestora cultural y guía turística. En la agricultura, los productos estrella son la chirimoya y el aguacate.
Pasada la medianoche, los esclavos -con claras muestras de cansancio en sus rostros- a la cuenta de tres, se inclinan tres veces, haciendo reverencia a la Madre de Dolores que permanece subida en su anda. Es el anuncio de que la procesión ha terminado.
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El Cristo de la Agonía, junto a otras once imágenes, se pasea en los hombros de los puellareños cada Martes Santo - El Universo
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