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Cuento | "La entrevista en epopeya", por Fabrizio Tealdo... - Caretas

José de San Martín y Simón Bolívar. Fuente: Los Andes. Las cosas tienen que cumplir la pena y sufrir la expiación que se deben recíprocamente por su injusticia, según los decretos del Tiempo. Anaximan

Cuento | "La entrevista en epopeya", por Fabrizio Tealdo... - Caretas
José de San Martín y Simón Bolívar. Fuente: Los Andes.
Las cosas tienen que cumplir la pena y sufrir la expiación que se deben recíprocamente por su injusticia, según los decretos del Tiempo. Anaximandro

Frente a un espejo de agua —así se ven los océanos desde el cielo—, el doctor José Martín Seres captó la idea que habría de llevarlo a una respuesta que al mismo tiempo era un reflejo. Consecuente con su soberbia, sobre las orillas del Callao y su horizonte, contemplando la rada quieta como un lago, Seres creyó encontrar los límites de lo eterno.
«El mar nos acerca a las fronteras del tiempo», murmuró para sus adentros, como solía hacerlo, convencido con que más allá de sus alumnos y lectores, y eso, nadie podía comprenderlo. Seres sabía que en vanidad y egolatría era más parecido a Bolívar, a quien despreciaba, que a San Martín, personaje al que dedicó su carrera, y para el doctor la producción era, si no la vida entera, al menos la base de la existencia.
«Nos desviamos al equiparar la eternidad con el infinito. Lo eterno es sólo un rostro del universo, su perfil temporal, mientras el infinito abarca lo sucedido, por suceder y lo que podría haber sido», se dijo.
La posibilidad lo convenció. Había seguido a su objeto de estudio, el Libertador San Martín, primero de Buenos Aires a Santiago de Chile, para anclar en Lima, el centro del Imperio español en Sudamérica. Pero sospechaba que su última investigación no la resolvería en un archivo, al menos no en ese archivo del Callao donde lo habían recibido.
Como historiador riguroso, era un devoto a su metodología: cualquier respuesta necesita, para concretarse, de una solución asentada en un proceso. Pero esta vez la respuesta no esperaba en la palabra, oculta en folios. La respuesta lo esperaba al final del viaje por mar del Callao a Guayaquil, campo del proceso que vio como su futuro.
Desde niño, José Martín desarrolló la habilidad de conseguir (o llevarse al límite para lograr) lo que se proponía. Un insulto, una broma, tienen que fastidiar porque de lo contrario pierden esencia y potencial, pero depende de la asimilación si frustra o motiva: un hecho, dos caminos, delta abriendo el infinito.
Seres —a diferencia mía, que moriré dos veces— pertenece al segundo grupo. Desde que en su colegio en Tucumán le repetían que don José de San Martín había sido su papá, abuelo o algún antepasado lejano, José Martín pasó de enfadarse por las bromas a tomárselas a pecho, tan a pecho que se metió de lleno en la Historia, en el pasado. En la universidad llegaron a llamarlo «Homólogo Bizarro del Libertador», pues, le decían, mientras la madre de San Martín, Gregoria Matorras del Ser, singularizaba en su nombre a la especie, Seres la pluralizaba en su nombre, a. Su pelo negro y nariz perfilada no lo ayudaban a que su semejanza con San Martín pase desapercibida.
Orgulloso y obstinado, en lugar de alejarse del malestar, se sumergió en él. Desde su primer trabajo en el curso de Historia —una descripción primariosa del Congreso de Tucumán— a su especialización en el Libertador, tardó cuatro lustros en pasar de ser José Martín, a que lo titularan el «Doctor Seres», y todos sabemos que cuando cambia el nombre con el que nos llaman, la persona empieza a ser otra.
Y esa persona que Seres ahora es zarpó a Guayaquil; ya cruzará las fronteras de la zona tórrida. El Director y su Secretaria del Archivo Histórico de la Marina de Guerra del Perú creyeron sus motivos, pero a mí no puede engañarme.
Seres no tardó en darse cuenta que el Perú venera lo extranjero (menos si es chileno o boliviano), y tampoco tardó en sacarle provecho. Sus ponencias fueron poblando las cátedras peruanas, primero las de Lima hasta llegar a provincias. Había pasado temporadas en la capital pero no visitó el Callao, puerto de mala fama, sucio y a veces maloliente. Se conformó con ver desde las ventanillas del avión y el taxi esas casas inacabadas, sus fachadas de ladrillo pelado y techos por terminarse, a los que comprendía como una metáfora de la República peruana: un país siempre por hacerse. Fue al puerto sólo porque el Archivo le avisó de unos legajos traspapelados sobre el periodo que pasó el Libertador en una goleta a unos cientos de metros de la orilla, a la vista del restaurante levantado en un muelle, donde almorzaba y bebía con el Director y su Secretaria.
—Documentos que deberían ayudarlo en su objeto de estudio, en la comprensión de la psicología de San Martín.
—Querrás decir del alma de San Martín. La psicología —le recordó Seres al Director—, es el uso moderno para denominar al alma. San Martín ni conocía esa disciplina como una rama separada de la filosofía, así que es preferible, Director, que las cosas sean llamadas como las nominaban en su tiempo. Fue la mermada alma de San Martín, no su mente prodigiosa para la estrategia, la que negoció desde Paracas, Huaura y el Callao las alianzas necesarias para sofocar al gobierno virreinal. Cercados en Lima por el ejército liderado por Arenales, los realistas huyeron a la sierra, abriéndole las puertas de la capital a San Martín, quien hizo su ingreso triunfal sin disparar su fusil ni blandir su espada. Ese era su deseo. Aunque eso vos, como peruano, ya lo sabés, y estoy seguro que tú también; no te sonrojés. Se los digo porque fue el alma de San Martín la que no tuvo el coraje de terminar la guerra. Su ambición tenía límites; la codicia de Bolívar, no. Así que le entregó al grancolombiano lo ganado y que murieran cuantos tuvieran que morir.
Les dijo que aquellos documentos le confirmaron que San Martín llegó hasta el límite para liberar al Perú sin ser el culpable de otro derramamiento de sangre.
—Parece una contradicción, pero en el Perú, el Protector gobernaba; del ejército se encargaban otros.
No le costó al doctor convencer a la Alta Dirección del Archivo sobre la necesidad del viaje por mar del Callao a Guayaquil. En altamar, reproduciendo la experiencia del Libertador previo a su episodio más triste (qué digo triste, patético), se sumergiría en la política sanmartiniana, palparía los motivos que lo llevaron a dejarle el Perú a Bolívar.
—¿Entienden? San Martín, por evitar otra carnicería, arruinó al subcontinente, en particular a su país. El desastre del siglo XIX, la anarquía caudillista… Esa fue la herencia que le dejó a Sudamérica. Con una mano borró lo bueno que hizo con la otra. Y lo peor vino después de volver de Guayaquil. La renuncia al Protectorado del Perú fue la renuncia definitiva de San Martín a la vida pública. Sin él a la cabeza, el Perú se volvió un país de papel.
La Secretaria le rogó a Seres que deje de hablar del Libertador, que mejor le cuente de él, de sus obras, cortejo al que Seres no tardó en responder. Enamorado del sonido de su voz, pocas cosas le excitaban más que hablar de sí mismo.
El General en el exilio me terminó de acercar a San Martín. Recorro su vida y campañas militares, desde aquella en España luchando por las Cortes Generales contra Napoleón, venciendo, claro, como solía hacer el General cuando eligió pelear. Veo que lo sentís como un episodio lindo.
—Me emociona —y posa su mano sobre la de Seres.
—¿Notás que no puedo hablar de mí sin terminar hablando de San Martín?
«Y eso que su final es triste, largo y triste, y espero que así no sea el mío. Al volver de Guayaquil, olvidó lo ganado. Zarpó de Buenos Aires hacia Francia. En París presenció el estallido de la revolución del 48, que más correcto sería llamar rebelión o revueltas, revueltas a las que, por cierto, don José califica de comunistas; interesante que tan temprano emplee ese término. San Martín era leído, prudente. No es casual que juzgue a esas masas, es causal. Pero aunque prefirió dejar París para no tener que lidiar con las barricadas, no regresó adonde lo recordaban y querían, a Perú, a la Argentina, prefirió Boulogne-sur-Mer para seguir criando a su hija Mercedes, que ya no estaba en edad de crianza sino de recibir.
»En fin, cosas de viejo, locuras. Dejar Perú no para cuidar a su esposa enferma, Remedios, irse para enterrarla en un mausoleo porque ni llegó a verla, y después ni siquiera quedarse en Argentina; preferir el exilio, el autoexilio, el exilio voluntario, que es el peor de los exilios. Penoso. La culpa le ganó la batalla al militar.
»Con los años no tardé en inclinarme por la ucronía. Hay consenso en considerar la entrevista de Guayaquil como un enigma porque nunca se ha sabido a ciencia cierta (ni sabrá) lo que hablaron los Libertadores en el encuentro. Sé que la decisión de San Martín es una anomalía en la historia. Al poder no se renuncia; el poder te lo quitan, casi siempre a la fuerza. Además de San Martín, sólo un hombre que recuerde ha renunciado al poder, y ese fue el papa Benedicto XVI. Pero Benedicto era un hombre del tiempo sagrado; San Martín, del tempo saeculum, un hombre del siglo. Su condición de estratega y líder lo forzaba a cerrar el ciclo que inició».
—¿Cuándo perdió el rumbo? —la Secretaria aprovechó la pregunta para acercarse, metiendo uno de sus pies entre los de José Martín, y cogiéndole el puño con las dos manos.
—Sostengo que San Martín se malogró en el Perú. Había matado en Argentina, encabezó batallas en la capitanía general de Chile. ¿Fue por Lima y su gente, por la doble cara de su élite, los complots que brotan en cualquier esquina o taberna? ¿O fueron las cartas de Remedios rogándole que lo necesitaba, reclamando verlo antes que la tuberculosis la consuma? ¿Fue su manera de castigarse por no renunciar al Protectorado del Perú antes y así llegar a verla unos días, al menos unos días, antes de enterrarla?
—Veo que también tienes esposa. Por el anillo digo.
—Como Remedios, Rebeca también espera en Buenos Aires. Ella sabe que este viaje puede ayudarme —mintió.
Deslumbrados por su voz de cantante, la autorización para el viaje no tardó en llegar. Al Director le bastaron un par de llamadas y mensajes para convencer a APM Terminals y Capitanía. La Secretaria le dijo que se la daría pero mañana, porque esa noche quería tenerlo para ella en tierra firme. Aceptó diciéndole que no se arrepentiría, y aprovechó para meterle la mano entre las piernas, empezando por el borde de la falda, tocando los muslos, subiendo, sin encontrar resistencia hasta llegar al corazón.
El Director no podía creer que en minutos, José Martín Seres había tomado lo que él deseaba desde hacía tanto, y todavía con ese descaro.
Sobre una mesa de noche del Hotel Marriot, bajo latas de cerveza, esperaba el permiso temporal tramitado por el Director del Archivo. El pedido era extraño, por decir lo menos, porque los únicos civiles que se arriesgaban como polizontes en cargueros o pedían un permiso, eran seres que escapaban del crimen, la pobreza o la desesperación. Lo convenció recitándole los galardones del doctor Seres, arguyendo que se trataba de un viaje corto, de no más de tres días. Además, tenía sus papeles en orden y sólo era para la ida, ya volvería como mejor pudiera, cada quien bajo su suerte.
Antes de llevarse el permiso, se metió a la cama de nuevo con la Secretaria. Se la sacó, se la puso en la cara hasta erectarla, y se la dio otra vez sin mirarla, con la vista perdida en la bahía de Miraflores, alucinando extasiado por la potencia de su vientre y verga.
Apurado, le dijo a Rebeca vía audio de WhatsApp que los trámites para entrar al Archivo lo tenían cabezón, que la llamaba luego. Optó por no contarle de Guayaquil. ¿Para qué preocuparla más? Le pidió que le diera un beso a los niños de su parte, que les dijera que los extrañaba, que ya volvía. Prefirió no leer su respuesta, el ruego porque vuelva pronto, el reclamo por las cosas que seguro estaba haciendo.
Antes de zarpar, Seres sintió el impacto pestilente de las fábricas de harina de pescado, que el cambio de viento norte traslada hacia el puerto como una plaga infecta. El hedor lo sigue en cubierta como un recuerdo que espera no volver a vivir.
Desde la borda, cruzando las fronteras de la zona tórrida, Seres terminó de comprender que todo océano es un paisaje inmutable, una eternidad que contrasta y hasta se opone a los valles y bosques de su Tucumán natal, donde cualquier colina cambia la perspectiva de los pasos que uno da hacia el infinito, infinito compuesto por el horizonte de nubes, sembríos y… «Un horizonte eterno como los árboles, las hojas doradas de los árboles», murmura José Martín. «Como el mar, el bosque es eterno, por supuesto, pero el infinito es múltiplo y potencia; lo supera. El mar es una realidad; el bosque, posibilidades paralelas. Lo eterno, entonces, es solo un episodio del infinito, su horizonte temporal».
Terminaba el tercer día de viaje y la experiencia no lo había acercado a una respuesta, más bien lo había acercado más al ron. El primer día no resistió el mareo de altamar, y en uno de sus tres tropiezos, se le quebró la nariz. Fue curando entre vómitos. Ya no le dolía, aunque la notó doblada, más aguileña de lo que ya era, protuberante.
Parece que el hígado le pasaba factura. Eso no le impidió llenar su licorera cinco veces. También arrastraba una tos seca como de culpa guardada, una tos con dolor que le permitía verse para adentro. Recordó que San Martín volvió por última vez a Buenos Aires con tos de fumador, porque en Lima incrementó la bebida y también el tabaco de tanto lidiar con los nobles confabuladores. Todos los vicios llegan a Lima, la verdadera ciudad de la furia.
El Perú también llevó a mi José al alcoholismo. Ese país mata a quien se le acerca. La diferencia es que José Martín siempre fue una mierda, en especial con Rebeca, aunque por supuesto que su imagen pública en la Universidad era contraria a la realidad.
El salón de la entrevista es amplio y abierto, pero el resultado del encuentro entre los dos hombres fuertes de la Independencia es cerrado; se han rescatado conjeturas extraídas de cartas de terceros, terceros que no fueron testigos porque Bolívar y San Martín hablaron solos, ni con edecanes a sus espaldas. Se sabe (o se quiere saber) que el Libertador argentino le pidió cuatro mil hombres al grancolombiano para cumplir su misión militar. Aunque tenía al menos veinte mil esperando otro botín, ¡y qué botín era el Perú!, Bolívar apenas le ofrece quinientos.
—En efecto, le lanza esa cifra ridícula para humillarlo, pero lo que vino fue peor. San Martín pasa dos días rebajándose. Se sospecha que hasta se ofreció a ponerse bajo las órdenes de Bolívar, quien se niega con falsa modestia. Le responde que aunque lo aceptara debajo suyo en el escalafón, su capacidad militar destacaría, y ya tenía suficiente con que comentaran a sus espaldas que Sucre era el mejor de los generales grancolombianos, para que venga un argentino, de Corrientes encima, a ponerlo de tercero. San Martín sospecha de la falsedad de Bolívar, pero no le hace frente. Esa debilidad indica que llegó a Guayaquil rendido.
Después de oír esas palabras, la Secretaria chorreaba. Un argentino así de sabio no se encontraba así nomás, y con una pinta de loco y caliente. El Director aprovechó el favor para asegurar un par de viajes a congresos de historiadores latinoamericanos el año próximo, cuando el Doctor lo incluya en los listados de honor. El negocio dejó a las tres partes satisfechas.
En el salón amplio y abierto, Seres prefería olvidar la vigilia onírica que traen ciertas enfermedades, como las cefaleas de Cortázar, autor que leyó (en vano) para entender a los argentinos. Y si prefería olvidar lo que comprendió en su enfermedad en altamar, es porque en lugar de juzgar a San Martín, ahora hasta justificaba su renuncia.
A diferencia del resto de líderes militares de las primeras repúblicas sudamericanas y de los gobernantes que le siguieron (yo incluiría a todos los hombres, he tenido que sufrirlos dos veces), San Martín sólo tuvo una amante, Rosa Campusano, guayaquileña a quien conoció en Lima, precisamente el 28 de julio, en las celebraciones tras la declaración de la independencia. Todo indica que fue una relación hermosa, de confidentes, graciosa, muy sexual (¡qué asco!, me da náuseas saberlo, pero es el costo ver el tiempo bifurcándose desde el cielo). Ella le fue leal hasta el punto de convertirse en espía a sus órdenes, para desenmascarar a sus enemigos limeños que se hacían pasar por sus amigos. Al traicionarme, San Martín traicionó sus convicciones, pero fue una traición necesaria porque esos dos merecían conocerse, ayudarse, complacerse (debo reconocerlo aunque me cueste).
Tuvo razón, entonces, al regresar para cumplir una pena. Se autoflageló, no esperó a que lo juzguen. Tuvo razón también al no querer ser el culpable de otro derramamiento de sangre.
La tuvo y no la tuvo, porque el sitio de Lima trajo enfermedades y peste, matando más personas que las que hubiesen caído a cañonazos; no juzgar al Libertador no significa ocultar los hechos. Fue un error para la historia lo que hizo, mas un acierto como persona.
«¿Pero cómo juzgarlo por ser sincero?», murmura Seres. «¿Lo perdonaría Rebeca si le dijera la mitad de cosas que había hecho? ¿Cómo podía juzgar a San Martín por perder la codicia?
»Pero por otro lado, no terminó lo que comenzó. ¿Es preferible traicionar la historia en construcción que los principios de vida? Sin duda que no. Para un hombre comprometido con su tiempo histórico, no hay mesa familiar comparable a una Plaza de Armas, no hay mujer ni hijos que socaven una misión.
»¿Pero para un hombre como José Martín Seres?».
Comprender a San Martín llevó a que el doctor se viera a sí mismo como un ser inferior. Debió haberse dado cuenta hace mucho. Al menos supo lo que es sentirse un insecto.
«Algo así debió sentir San Martín cuando se enteró que nunca más vería a Remedios, y que, para colmo, para tirarle más dolor a la culpa, en lugar de cuidarla, la había engañado en su agonía. Por eso se dedicó a criar a su hija, y tampoco le fue bien.
»Que un sujeto sin relevancia se equivoque no cambia el caudal de la historia, que San Martín optara por volverse viejo en la costa norte de Francia, manteniendo semiencarcelada a su hija, es una injusticia del tiempo. Debió ser San Martín y no Bolívar quien se declarara Supremo Dictador del Perú, en lugar de gobernar por consenso, como terminó gustándole al Protector, que nunca consiguió superar las conspiraciones limeñas».
Ahí debiste darte cuenta. En Guayaquil debiste confirmarlo. Pero no, preferiste la renuncia. Estabas cansado, te comprendo. Pero si me dejaste tanto tiempo, ¿por qué volver cuando ya no podías hacer nada, cuando ya había muerto?
Pretendía olvidar la enfermedad de altamar, pero la cefalea no lo dejaba. Atrás habían quedado los mareos del carguero y el dolor ventral que lo dobló en la cubierta menguaba, sin embargo, en el salón amplio y abierto, su cerviz estallaba.
¿Por qué ahora comprendía y hasta justificaba a San Martín? Eso significaba no sólo que entendía la respuesta a la que lo condujo el proceso, sino que la consideraba válida, legítima, la solución más adecuada.
Recordó aquella tarde en la Universidad Nacional de Tucumán cuando su profesor de literatura sostuvo, siguiendo unos versos de Keats, que la mayéutica socrática era una epopeya, pero una epopeya individual porque atravesaba nuestro fuero interno, campo del proceso épico que conduce a la verdad. El «Homólogo Bizarro del Libertador» intentó refutar a su maestro, y aunque el profesor le puso los argumentos frente a los ojos, Seres eligió cerrarlos, tanto por su terquedad connatural como porque en ese momento no podía distinguir entre lo falaz y lo certero.
Pero en el salón de la entrevista, quiso creer que cuando una persona cambia, ese momento mayéutico abre un delta en el río del tiempo. Los delirios de las cefaleas volvieron a dominarlo. El malestar arreció, pero, como en su infancia, no lo rechazó, se sumergió en él. Oyó (o quiso oír) que mi José le respondía que se equivocaba al creer que había perdido la codicia, lo que perdió en Lima fue la sangre fría.
—A la guerra se llega joven y se sale viejo. Codicioso no fui nunca, sí ambicioso, como todo ser que pretende transformar su tiempo. Pero los años nos cambian. ¿Cómo ser cruel en la vejez? Quien debe olvidar la codicia, más bien, eres tú, José Martín Seres. Así serás más parecido a mí y te alejarás de Bolívar.
Seres llegó a murmurarle a mi José que quien debió aprender algo en Guayaquil fue él:
—Al conocer al Libertador grancolombiano, debiste imitar hasta sus vicios si te ayudarían a terminar la misión que iniciaste, y debiste hacerlo así cargara de muertes a tu conciencia. Sobre todo —le dijo (o creyó decirle)— debiste aprender de Bolívar cómo tratar a los limeños para controlarlos, primero, y así, con los años, volverte un experto en dominarlos hasta amaestrarlos.
Desde la ventanilla del avión, Seres se fijó con más atención en la rada chalaca y la vio distinta, como distinto se sentía. Tenía, ahora sí, la interpretación definitiva del alma sanmartiniana en su momento más triste, qué digo triste, patético. Tenía también las respuestas para sí mismo, una respuesta que al mismo tiempo era un reflejo del proceso que había atravesado, y que sobre el espejo de agua ahora veo, ahora en mi segunda muerte, porque hay tragedias que deben seguir sucediendo para desaparecer otras. Fui yo el cuerpo del sacrificio.
«Con edades semejantes, ¿por qué no seguir el ejemplo de San Martín?», murmura Seres, a sí mismo. «Renunciar a mi otra vida para compensar el tiempo perdido con mi familia, tratar a Rebeca como merece… Curar las heridas, las suyas y las mías».
Eso se dice mientras ve que los techos del Callao han dejado de ser esas azoteas descritas por Ribeyro en uno de sus cuentos más tiernos, que Seres leyó (en vano) para entender a los peruanos. El avión aterriza, y no encuentra a su izquierda las hileras polvorientas que son las calles del Callao más próximo al desierto, cuando las casas acababan en fachadas de ladrillo pelado, esas casas que el doctor Seres comprendió como una metáfora del Perú de mi primera muerte. Recordando los bosques de su Tucumán natal, los árboles y sus senderos alternativos y paralelos, supo lo que tenía que hacer.
José Martín almorzará en Miraflores. No le responderá a la Secretaria. La bloqueará. Olvidará todo lo que hizo para cambiar lo que viene. No esperará, como San Martín, a que su mujer muera para recordarla enterrándola en mármol.
Tardará en saber que la entrevista de Guayaquil había dejado de ser un enigma. En esta nueva vida, los libros de historia la reseñaban como un hito, un parteaguas en el proceso de Independencia. En mi segunda muerte, mi José asimiló en Guayaquil las lecciones de Bolívar: la única forma de dominar a los peruanos es imponiendo con mano dura. Es un país acostumbrado a obedecer a un rey que nunca pisó América. Es un país que prefiere no elegir y que lo manden. Es un país que gusta usar títulos rimbombantes, como Protector, Supremo Dictador… Entrevistándose con Bolívar, San Martín entendió que al volver, tenía que dejar los consensos y gobernar por decreto, cambiar el título de Protector por el de Supremo Dictador, y mejor, a la fuerza, para que los peruanos (en especial los limeños) le teman.
Eso Seres aún no lo sabe. Apenas lo sospecha al dejar el Callao. Nota que el viento norte persiste como al partir, pero no encuentra el miasma de la harina de pescado, sino una brisa que lo refresca. Seres se sorprende cuando el taxista no se queda encantado con su labia gaucha, como solía suceder en esa tierra que fue y ya no es, porque en el infinito todo pudo ser y a la vez haber sido.
Se sorprende más cuando encuentra por la ventanilla del taxi la primera plaza San Martín que verá en su trayecto a Miraflores, donde quizá encuentre dos menos, dos más, dependiendo de la ruta por la que se bifurque el taxi en esta ciudad que no se cansa de recordar a su primer gobernante en cada distrito, al igual que venera a sus contados y discutibles héroes. En la otra bahía de Lima se acerca a una placa en honor al Supremo Dictador San Martín, quien impidió la anarquía y salvó al Perú del caudillismo.
Al volver a Buenos Aires, buscará mi mausoleo en el cementerio La Recoleta, en vano; sólo entonces empezará a poner los pies del todo en este sendero de la historia. Se enterará que Mercedes, nuestra hija, hizo el viaje inverso al del Libertador derrotado, de Buenos Aires a Lima, para reencontrarse con su padre, el Dictador que venció a todos sus opositores, y vivir con él en Palacio de Gobierno, donde murió San Martín en la exacta mitad del siglo. No volvió a dejar el Perú. Es lo que corresponde a la justicia en este nuevo decreto del tiempo.
Seres vivirá en carne propia que el silencio es la más dura de las renuncias, más cuando la verdad te acompaña. Confío en que sepa qué hacer cuando se entere, al leer en un viejo libro argentino, que en mi segunda muerte terminé en una fosa común. Se alegrará como un loco cuando se entere que Argentina es un país con una economía estable y sólida, y esta esperanzadora realidad le hará fácil callar por temor a que lo consideren un demente o algo se mueva o altere. Sabrá los placeres a los que deberá renunciar para recuperar a su familia. Sabrá imitar a San Martín, a quien se parece aún más desde que se le quebró la nariz en cubierta. Sabrá cuidar a su mujer como mi José no pudo.
*Narrador y cuentista peruano. Graduado en Historia por la Universidad Católica del Perú, actualmente estudia la maestría de Literatura hispanoamericana. Su obra publicada se enfoca en la literatura histórica; ofrecen testimonio de ello su novela El marqués en el exilio (Colección del Bicentenario, 2017) y el conjunto de relatos Breve suma histórica del Perú fantástico (2013).
Obtuvo el primer puesto en el concurso de cuentos del Centro Federado de Estudiantes de Humanidades de la Universidad Católica y mención honrosa en el premio nacional de cuento COPÉ 2006. En los últimos años incursionó en la prensa deportiva, publicando columnas y artículos en El Comercio, donde trabajó como editor, así como en otros medios de prensa. Esta experiencia lo animó a escribir literatura con temática deportiva.
Relatos suyos han aparecido en revistas como Buensalvaje y en las antologías Ultra- violentos. Antología del cuento sádico en el Perú (2014), Mario y los escribidores. 27 relatos sobre el universo vargasllosiano (2019) y 21 relatos sobre la independencia del Perú (2019). 
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